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Furia: hay libros que no se leen, se atraviesan

Hay libros que no se leen: se atraviesan. Furia, de Clyo Mendoza, es uno de ellos. No avanza en línea recta ni concede pausas cómodas; muerde, raspa, insiste y mira a los ojos como un perro rabioso. 


Con Furia volví a leer en colectivo, una costumbre que había perdido en el fondo de mi corazón y volver se sintió como un alivio. El club de lectura de Cata de Libros, que me recibió con esta lectura, me permitió volver a creer en que los libros no están solo en el papel sino en lo que queda más allá de ellos cuando uno sale de la lectura. En específico, compartir este libro en el club, me ayudó a sobrevivir a las miles de dudas que surgen de Furia, sobrevivir al terror literario (algo para lo que soy bastante floja) y encontrar en la lectura de otros, diferentes formas de ver el mundo que nutren la mirada propia.


Si me preguntan, no sabría muy bien decir de qué se trata este libro: ¿es una historia de heridas de familia?, ¿es una historia sobre la huella histórica que cargan los cuerpos femeninos? ¿Es un libro sobre la masculinidad? ¿Es una historia mística de fantasmas y diablos disfrazados y de hombres a los que su propio odio convirtió en perros? Lo es, sí, claro que es eso. Pero no solo es eso.



En la historia de dos hombres, soldados de alguna guerra, que se conocen (o se reconocen, mejor) en el campo de alguna batalla, en esa historia están encapsuladas varias generaciones de furias. Como una muñeca rusa, una violencia que esconde otra violencia, y así la historia de una familia. Juan y Lázaro son el vehículo de una narrativa que es enorme y que se extiende casi sin límites dentro del desierto.  Lázaro y Juan, son también la historia de Salvador y María, otros dos personajes de otro tiempo, a los que el desierto también desbarata.


El desierto es una remembranza de Ixtepec y de Comala y de otros tantos lugares sembrados en esta América Latina de fantasmas y horrores, a punta de tradición oral. Hay algo que sí que es Furia: una clic en el fondo de la memoria que hace pensar en esos relatos que contaban las abuelas, relatos que contaron a sus hijos y que viene tejiendo un entramado de historia para darle algo de sentido al dolor. 


Hay algo incómodo en la lectura de este libro, y celebro esa incomodidad. Furia no busca agradar ni explicar; no traduce su rabia para hacerla digerible. Obliga a leer desde un lugar menos seguro, a aceptar que no todo debe ser comprendido para ser verdadero. ¿Qué hacemos con esa violencia que no se resuelve? ¿Con esa furia que no se sublima? Clyo Mendoza parece decirnos que no siempre hay salida, y que aun así hay escritura.


Leí Furia con el cuerpo tenso, con la sensación de estar mirando algo que no debería, algo demasiado cerca. Furia corrompe los límites de la ficción y hubo días de mi propia lectura en los que yo no sabía si lo que leía lo había soñado o de verdad estaba puesto en el papel.  Al terminarlo quedé con esa inquietud que dejan los libros que no se cierran del todo, los que siguen trabajando por dentro. Tal vez porque la furia que nombra no es ajena. Tal vez porque, de algún modo, nos reconoce.


Pd: Me quedo con ganas de leer la poesía de Clyo Mendoza, porque qué manera de dejar, entre párrafos, líneas dignas de su propia antología. En la lectura de Furia uno se debate entre querer devorárselo todo en una sola sentada y leerlo con pausas para dejar que las palabras se decanten entre la lengua y el corazón.


Pd 2: En el club de Cata de Libros, guiado por mi amiga Andrea, el cierre de cada lectura se hace en torno a una cena deliciosa. Eros, el genio detrás de Diosa Café, prepara una comida inspirada en la lectura de turno. Esta vez, con Furia nos tocó :


  • Sopita de tomate con chile ancho, crutones de pan tostado y cilantro

  • Tamal de frijol negro con chile ancho y chipotle, con relleno de berenjenas rostizadas y champiñones dorados en mantequilla, adornado todo esto con una salsa de crema de leche y queso.


La cena, dijo Eros: hace homenaje a los sabores desérticos y a la cocina de tiempos prolongados en la que nos hace pensar México. Les dejo foto de la sopita y del tamal.



 
 
 

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