Una ballena y un tardígrado
- Lala Ocampo
- 5 ene
- 3 Min. de lectura
Que maravilloso es el universo natural cuando uno se detiene a verlo. He visto en los animales y en las plantas una prueba evidente de que el universo es mágico y misterioso. Y hay tantas cosas que he descubierto únicamente a través de los ojos de otros que me es imposible ir por la vida viendo a los seres vivos y no pensar en los libros en donde los he visto por primera vez.
Hace meses, empecé un juego de bordado en el que bordé algunos seres místicos del universo a los que, tengo la certeza, nunca podré ver en persona. Lo cierto es que en ese juego del bordado he necesitado siempre un soporte, un pilar literario que me sostenga las puntadas porque a veces en la cabeza no me cabe lo mágico por si solo.
Así me pasó con los tardígrados, osos de agua, astronautas invisibles: unos bichitos diminutos que, según he descubierto, habitan todo el planeta, cualquier rincón de este vasto lugar que llamamos casa. Allí donde haya agua, ahí habrá un tardígrado. ¿No es increíble? desde las cumbres del Himalaya hasta las profundidades marinas y la Antártida, desde el musgo diminuto que crece al borde del bosque de niebla hasta en los bordes imposibles de limpiar de la ducha que visito todos los días. Ahí están.
Si eso no es mágico yo no sé qué lo es.

Hace meses, en una charla sobre Troika, escuché a Isabel Zapata hablando sobre su libro Una ballena es un país. Yo no sabía nada de ese libro. Ni de Isabel. Lo que pasó esa noche fue que salí de la librería con dos libros bajo el brazo y dentro de uno de ellos un universo repleto de seres fantásticos, unos de ellos, los tardígrados.
Una ballena es un país es una oda fantástica, escrita en clave de poesía y de ensayo y de divulgación científica, y hace que la cabeza de quien lo lea pique de las puras ganas de saber más, de deleitarse más con cada verso. Yo leí sobre los tardígrados:

Y me explotó la cabeza y me tocó mudarme del papel a la tela. Y gracias a Isabel los tardígrados se me me metieron en los recodos de la cabeza y no creo olvidarme nunca de ellos.
Pero no son los únicos, Una ballena está habitado, como no, por ballenas, por perras Laika, por tilacinos, por huevos de tiburón, por pulpos y tlacuaches (Chuchas o zarigüeyas de estas tierras suramericanas).
Isabel echa mano de otras narrativas para dar vida a estos seres increíbles. En su caso, la realidad es fuente primera de historias que parecen salidas de la ficción: la noticia del avistamiento de una ballena que navega mar adentro con el cadáver de su ballenato metido entre la boca; un técnico espacial que cuida en sus últimos días a la maravillosa Laika, antes de enviarla a su viaje final; o Koko, la gorila que aprendió lengua de señas para que sus cuidadoras pudieran comunicarse con ella.
Hay, entre estas páginas, una pregunta constante por la huella humana que nos empeñamos en imprimir en los animales, una huella que vista desde la distancia que solo da el amor y el respeto, resulta dolorosa e innecesaria.
Gracias libro por existir y gracias Isabel por este bestiario dulce y tenaz y místico que da ganas de saber más.
Pd: Este libro fue una lectura temprana del 2025. Pero lo volví a leer en compañía de mi Club de Lectura: Animales, plantas, libros y otras especies. Un lugar increíble que me ha permitido encontrarme con otros seres que encuentran en el vínculo de lo humano con lo natural una razón suficiente para resistir.
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